Las Uvas (mini historia real)

Pues como que no tendría yo más allá de cuatro o cinco años cuando vieron mis ojos los primeros racimos de uvas. Eran enormes y aéreos, apenas tallo, granos desmesurados y brillantes, púrpura el color, abigarrados. Por allí se comentaba que eran como pepitas de oro, uvas de moscatel, recias y de piel dura, nombradas como del tipo tetabaca.

Semiescondidos entre las hojas verdes de la parra, los racimos descansaban en su lograda madurez, reflejando en su perfil convexo el logro conseguido gracias al sol y a la sabiduría de los dioses naturales.

Ese baile social, coqueto y evanescente

Hacía calor y yo jugaba, solitario,  a la sombra de una parra que trepaba como  una serpiente enorme por la pared enjalbegada de la casa de mi abuela. Durante todos los días de ese verano yo no  dejé de mirar hacia arriba reparando en como las uvas iban aumentando de tamaño y temiendo, como en un sueño,  que en algún momento pudieran explotar y se derrumbaran desechas sobre mi cabeza.

Pero entonces siempre ocurría lo mismo: aparecían las avispas para sacarme de esas cavilaciones. Ceñidas a las bayas de grapes_REDmanera rotunda  picaban sin furia y precisión, llenándose de azúcar el abdomen negro y amarillo a modo de baliza predadora. A veces me parecían grey de pura ansia o demasiado avariciosas pero en otro momento las tenía envidia por ese baile social, coqueto y evanescente que ejecutaban, siempre acompañadas de ligeros zumbidos traídos por el galopante batir de sus alas entre hollejos y disimuladas levaduras que para mí eran, entonces,  objetos inaccesibles.

Aún era pronto y las uvas no estaban a punto

A finales de agosto intenté hacerme con un racimo. Pero los mayores me pararon los pies con la excusa de que aún era pronto y las uvas no estaban a punto aunque a mí me parecieran tan lozanas y como embarazadas de frescura.

Una noche de luna llena, mis tíos sacaron unas sillas a la puerta y se pusieron a beber y a fumar. Tomaban un vino blanco y espeso y lo iban escanciando desde una garrafa en pequeños  vasos de cristal que rellenaban continuamente.

Me sentía tan bien que no dudé en pedir un vaso de vino

En ese momento un coro lleno de grillos y pequeñas alimañas comenzó a percibirse. Era el concierto en pleno campo, gratuito y completo para los que saben escuchar. La claridad era total. Yo miraba hacia adelante, al frente de la casa, las siluetas de los árboles, las formas onduladas como reflejo de unas colinas cercanas… Entonces di media vuelta y me fijé en la parra: pegada como una lapa a la pared de cal parecía que bailara un tango con ella Wine_glass_REDmientras los racimos, como perlas de oro cobrizo, suspendidos e inquietos, titilaban bajo el cielo estrellado.

Me sentía tan bien que no dudé en pedir un vaso de vino a mis tíos. Fue acercarlo a mis labios cuando el jefe de los gallos del mundo, ese despertador de la naturaleza cuyo dibujo aparece en cada madrugada, soltó su kikirikiiiii y entonces me desperté. Salí corriendo a la puerta de la casa y sobre la mesa mi abuela había dispuesto un plato sobre el que reposaba un gran racimo de uvas recién cortado. Me acerqué despacio, y tomé un grano de uva entre mis manos mirándolo con ternura de niño antes de llevármelo a la boca…..…..

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