Este vino tiene francés

Cuentos de mi amigo el Flaco (III).

El Flaco y sus seis amigos, esos impenitentes bebedores, fueron requeridos hace unos años por la cofradía de los Gentiles, un grupo de pacíficos aficionados que se habían retirado a las tierras del Somontano para hacer vino, bebérselo, tocar la flauta y mirar el cielo.


imageEn un rincón situado entre los pueblos de Pozán de Vero y Abiego, estos iniciados habían ido convirtiendo su afición en destreza y, finalmente, en algo cercano a lo sublime hasta el punto de que sus caldos pronto traspasaron la frontera de su, otrora, plácido escondite.
Por esa época dos jóvenes ejecutivos de una importante empresa vinícola francesa, imagecuyo nombre obviaré, iban cada verano a bajar los famosos cañones en la cercana Sierra de Guara y una tarde, casualmente, tuvieron la fortuna de catar el vino. Conocedores de la materia se dieron cuenta de su especial calidad y decidieron hacer negocio. Ofrecieron una suma por la bodega, si bien los cofrades se negaron en redondo a la transacción pretendida.

Lejos de amilanarse, los dos jóvenes se tomaron la empresa como algo personal y por puro amor propio decidieron, de la manera que fuese, hacerse con la bodega.
La guerra había comenzado. Lo que siguió fueron nuevas ofertas cuantiosas a cargo de un fondo buitre, arteras campañas de desprestigio, trucos de la más baja jaez, en fin……, aunque nada pudo, finalmente, doblegar la voluntad de los Gentiles.
Al verano siguiente los dos jóvenes decidieron contraatacar y, sabedores de que por las buenas era imposible conseguir su propósito, contrataron a un pequeño ejército de ocupación para hacerse con las instalaciones. Para no errar en el intento enviaron previamente a un espía, también francés, aunque hablaba sin problemas el mejor castellano, para que informase de todos los detalles precisos y hacer factible la toma del ansiado lugar.
imageLos Gentiles eran gente serena pero no así el Flaco y sus amigos que estaban ojo avizor y siempre dispuestos al antagonismo y el rechazo hasta el punto de descubrir rápidamente al intruso. Para que no fuera con el cuento a sus jefes y sin decir nada a los Gentiles, lo escondieron de inmediato en un tonel medio lleno de un celestial tinto crianza situado en un rincón de la bodega advirtiéndole de que, si en las próximas horas se hacía notar era hombre defenestrado y en caso de que le apremiara la sed, no abusara en demasía del preciado líquido.
Al rato, se presentaron tres automóviles de gran tamaño, silenciosos y con los cristales imagetintados, de los que se bajaron una docena de hombres con traje y corbata tan negros y acharolados como las propias berlinas. Al frente de ellos uno de los ejecutivos se dirigió a los cofrades en tono insolente preguntando por su amigo Alain que, según decía, les había comunicado su intención de visitar la bodega hacía unas horas y no había regresado aun por lo que estaban especialmente preocupados.
El Flaco les conminó a que se marcharan dando instrucciones rápidas a sus compañeros que estaban ya estratégicamente situados por si fuera el caso de que empezara el belén….
Durante unos instantes la tensión se palpaba en el aire, tan espeso que casi se podía cortar con un cuchillo. Entonces el otro ejecutivo preguntó de manera tranquila si no habría inconveniente en que registraran la bodega por si su amigo Alain se hubiere extraviado a lo que el Flaco se negó de plano. Esta respuesta, tan clara como rotunda, hizo que los hombres de negro acercaran las manos a los abultados bolsillos de sus chaquetas.
Entonces sucedió algo imprevisto. Uno de los cofrades invitó amablemente a los hombres de negro a visitar la bodega en el convencimiento de que con ello volvería la calma y todo terminaría bien. Al Flaco se le erizó el vello y sus compadres se dispusieron a intervenir en cualquier momento.
Una vez dentro del recinto atonelado los dos ejecutivos esbozaron sendas sonrisas en tono despreciativo al observar la penuria de las instalaciones. No entendían como en aquel lugar tan ramplón e inelegante pudiera fabricarse vino de tan alta calidad, hasta el punto de que empezaron a dudar e incluso a creer que en todo aquello había truco.
Pero en ese momento otro de los cofrades les instó a probar una copa para cerrar en armonía aquel malentendido y quedar, si era posible, como amigos. Un tanto descreídos los franceses aceptaron la convidada y entonces el más fino de ellos sugirió tomar la muestra del barril situado en el rincón, porque según era costumbre, el mejor caldo era siempre el más escondido.
Nada que objetar por los Gentiles, si bien el subidón de adrenalina del Flaco y sus compinches fue notorio aunque no saliera a relucir gracias a la penumbra de la cueva.
Del último tonel, por tanto, fueron escanciándose las copas, hábilmente servidas por el Flaco una vez hubo comprobado que nada se movía en su interior.
Y entonces sucedió algo mágico: Los ejecutivos y sus acompañantes empezaron a beber lentamente y no se lo podían creer. Jamás habían tomado algo semejante. Era como si los propios dioses hubieran elaborado el néctar, como si el más refinado espíritu les estuviera sirviendo el líquido exquisito que nunca paladar exigente alguno había llegado a conocer, en fin, no pudieron contener las lágrimas y fue cuando ya casi cerca del desmayo uno de ellos preguntó en voz templada….¿Que tiene este vino, mon Dieu?
Entonces una voz profunda y clara contestó desde el fondo de la barrica: “Este vino tiene francés”
Fue oír esto y todo el séquito de los hombre de negro huyeron despavoridos para no volver nunca jamás. (Bueno, con los Gentiles, se quedó prendido como una lapa, un tal Alain, curiosamente francés….)

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